Blog de lectura Martín Peinado

Lee, aprende y disfruta

*Recursos adaptados a los diversos ciclos de Primaria, muchos de los cuales provienen de fuentes externas al colegio.


      Cuentan que en la carpintería hubo una vez una extraña asamblea. Fue una reunión de herramientas para arreglar sus diferencias.

El martillo ejerció la presidencia, pero la asamblea le notificó que tenía que renunciar. ¿La causa? ¡Hacía demasiado ruido!. Y además, se pasaba el tiempo golpeando.

El martillo aceptó su culpa, pero pidió que también fuera expulsado el tornillo; dijo que había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo.

Ante el ataque, el tornillo aceptó también, pero a su vez pidió la expulsión de la lija. Hizo ver que era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás.

Y la lija estuvo de acuerdo, a condición de que fuera expulsado el metro que siempre se la pasaba midiendo a los demás según su medida, como si fuera el único perfecto.

Fue entonces cuando tomó la palabra el serrucho, y dijo:

- Señores, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades. Eso es lo que nos hace valiosos. Así que no pensemos ya en nuestros puntos malos y concentrémonos en la utilidad de nuestros puntos buenos.

La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía y daba fuerza, la lija era especial para afinar y limar asperezas y observaron que el metro era preciso y exacto.

      Elena andaba preocupada aquellos días. -Estoy pegada en Matemáticas- le confesó a Mario-, y pasado mañana tenemos la evaluación. Seguro que no apruebo.

Aquel día, cuando volvía del colegio, se le ocurrió una idea luminosa. ¿Por qué no utilizar a Rulot para conocer de antemano las preguntas del examen? Fue a la calle donde estaba aparcado Rulot y entró en él, cuidando de no ser vista. -Vamos a ver si acierto a poner en marcha la Máquina del Tiempo- dijo. Pues sí, había acertado en sus manipulaciones. Vio en la pantalla la clase. Sus compañeras y ella misma estaban en sus puestos escribiendo. En la pizarra aparecían las preguntas del examen, con la letra clara de la señorita Alicia.

Elena sacó de su cartera un bloc y un bolígrafo y empezó a copiarlas, afanosa; entonces todo se emborronó en la pantalla y se oyó la voz metálica de Rulot:

- ¿Qué estás haciendo, grandísima tramposa?

- No puedo consentir que me utilices para hacer trampas.

Elena se sintió avergonzada porque comprendía que Rulot tenía razón. Por otro lado, consideraba que era absurdo tener un suspenso pudiendo evitarlo. Mira Rulot- dijo persuasiva. Si me ayudas esta vez, te prometo que en adelante estudiaré de firme y no volveré a hacer trampas. ¿Vale? Anda, di que sí... pero Rulot dijo que no. Elena entonces, irritada, apretó la tecla que bloqueaba el sistema de autocontrol de la máquina para que no pudiera interferir, y mantuvo la imagen de la pizarra el tiempo suficiente para ver bien las preguntas del examen.

Luego fue en busca de su padre: - Papá – le dijo -, ayúdame a sacar este problema que no me sale. Cuando tuvo la solución, Elena corrió a su cuarto para estudiarse las respuestas del examen. Cuando dos días después supo que había aprobado, no se sintió feliz. Al día siguiente fue a ver a Rulot. Elena, muy apurada, le pidió perdón y le dijo que estaba avergonzada por haber aprobado con tan malas artes y, sobre todo, por haber forzado a Rulot como lo hizo.

- Te prometo que nunca más lo haré. Ya sé que no me he merecido el aprobado.

- ¿Me lo prometes de verdad? - preguntó Rulot.

- Lo prometo. Estudiaré para sacar buenas notas por mí misma.

- Está bien. Te creo.

      En el campo, cerca de casa, va a comenzar el partido del año entre los “Super” y los “Grandes”, dos estupendos equipos de fútbol juveniles. Hay gran animación, han venido muchos niños de la escuela y el campo está lleno hasta los topes. Los “hinchas” llevan una pancarta escrita con el nombre de su equipo y frases que apoyan a los jugadores.

- ¡Hala, “Super”, somos los mejores y tenemos que ganar!

- quien así grita pertenece a este equipo. Es el entrenador, que anima a sus jugadores. 

A este saludo, los niños del equipo contrario contestan:

- ¡Ra, ra, ra, los “Grandes” nada más!

- Sus potentes voces se oyen en todo el campo. Es el equipo de la escuela.

A medida que avanza el partido, se destacan los ganadores. Los “Grandes” van marcando más goles, siendo el resultado del partido 5 a 2.

Contentos unos, tristes otros, todos regresamos a nuestras casas.

      Pedro no sabía exactamente a dónde iba. Por eso, cuando vio a sus padres preparar el coche, le preguntó a su hermana.

- Oye Andrea, ¿tú sabes qué pasa?

- Pero bueno, ¿todavía no te has enterado? Desde luego hijo vives en una nube. Vamos al pueblo, a visitar a los abuelos.

- Pero, ¿por qué? – volvió a preguntar Pedro.

- Pues muy sencillo – contestó Andrea- es el cumpleaños de la abuela y vamos a celebrarlo junto con los primos y tíos.

Pedro no había ido al pueblo desde el último verano y, de eso, hacía tres meses, pero lo recordaba perfectamente. Primero recorrían varios kilómetros por una carretera estrecha y sinuosa. Luego, tras subir una montaña, se abría un valle con mucho árboles y en el margen derecho de la arboleda, un río zigzagueaba entre juncos y retamas. Justo al pasar un puente sobre el río, un cartel anunciaba el nombre del pueblo. Era un pueblo precioso, de calles estrechas, casas blancas de enormes balcones y puertas viejas de madera con grandes aldabas. Apenas tenía tráfico y todo el mundo se saludaba con buenos modales.

Pedro vería a su amigo Luis, un niño de pelo rizado, risa traviesa y tirachinas en el bolsillo, con el que practicaba su afición favorita: agujerear latas de refresco. Pedro se sonrió maliciosamente recordando aquella tarde de verano cuando los dos amigos fueron al río para pescar renacuajos y lo único que pescaron fue una enorme regañina que traía consigo una semana sin helado.

Con una sonrisa en los labios, Pedro se sentó en el coche, pues cuanto antes llegara antes vería a sus abuelos y jugaría con su amigo Luis.

      Desde hace una semana, todas las noches, tengo el mismo sueño: estoy en la calle, en una acera, esperando que el semáforo se ponga verde para poder cruzar por el paso de cebra. Entonces veo a lo lejos un viejo que se acerca golpeando el suelo con un bastón de madera.

El viejo lleva una vieja gabardina que le llega casi hasta los pies y un antiguo sombrero que lo protege de la lluvia.

Yo lo saludo y lo cojo del brazo para ayudarlo a cruzar: el semáforo se pone verde, empezamos a cruzar los dos juntos y entonces el paso de cebra se transforma en un puente, muy estrecho y muy largo. Yo miro hacia abajo y veo un río grande lleno de cocodrilos.

El viejo, de pronto me grita: «Vamos, corre, deprisa». Entonces lo miro y ya no es un viejo: ¡es una cebra!, una cebra de rayas blancas y negras y con una cola muy larga. No sé por qué, pero doy un salto y me subo encima. La cebra empieza a trotar y luego a galopar y yo me sujeto con todas mis fuerzas a su cuello, pero el puente es cada vez más estrecho. Yo miro otra vez hacia abajo y vuelvo a ver los cocodrilos, y cuando miro hacia arriba el puente es tan estrecho que nos caemos al agua. Doy un grito y en ese momento me despierto sudoroso y palpitándome el corazón.
      El jueves mis amigos y yo planeamos hacer una excursión en bicicleta a la Laguna de La Rocalla. Lo teníamos todo pensado: la ruta, la hora de salida y quién se encargaba de los bocadillos y el botiquín. Solo quedaba una cosa: pedir permiso a los mayores porque tenemos ocho años. Ahí empezó el embrollo.

Los mayores estaban en contra de la excursión en bici porque veían muchos inconvenientes:

- Es peligroso porque la carretera tiene mucho tráfico y los coches van muy rápido. ¿Y si tienes un accidente? –preguntaba la tía de Carlos.

- No sabemos qué tiempo va a hacer. ¿Qué vais a hacer si llueve? –comentaba el padre de Marta.

- Además, el terreno es muy irregular. Y justo antes de llegar a la laguna, 

Hay una cuesta muy pronunciada. –observó la madre de Sara.

Los niños estábamos a favor de las bicicletas y les contestamos con las ventajas:

- Las bicicletas son para todas las edades. Somos pequeños y no podemos conducir un coche. Por eso la bicicleta es un transporte genial –dijo Sara.

- Además, así hacemos ejercicio –comentó Marta, que juega en un equipo de baloncesto.

- Es menos peligroso ir en bici; los coches tienen más accidentes –respondió Carlos.

- Por otra parte, no contamina porque no necesita gasolina –comenté yo, que me preocupa mucho el cambio climático.

Pero, en definitiva, queremos ir en bici porque nos parece lo más divertido -concluyó Sara.

Al final llegamos a un acuerdo y fuimos en bicicleta el sábado. Nos acompañaron dos mayores: el padre de Marta y la tía de Carlos. Repartieron un chaleco reflectante y un casco para todos. Fuimos por una ruta que tenía carril bici. La aventura fue emocionante y todos disfrutamos muchísimo.

      Wolfgang Amadeus Mozart tenía un gran sentido del humor, y también una extraordinaria nariz. Él bromeaba a menudo sobre las dimensiones de su apéndice nasal. 

Con el fin de gastar una broma al compositor Franz Joseph Haydn, le hizo la siguiente apuesta:

- Maestro, ¿a que no podéis tocar estos compases que he compuesto?

Haydn se sentó al piano y empezó a ejecutar aquellas notas, sin problemas…, hasta que tuvo que pararse y dijo:

- No puedo continuar, porque aquí en medio hay una nota para la que me faltan dedos, ya que tengo ambas manos ocupadas.

Mozart rió divertido, y le dijo:

- Dejadme…

Se sentó y tocó su propia creación, y cuando llegó a la nota que quedaba suelta y no había forma de tocarla por estar todos los dedos ocupados, agachó la cabeza y la tocó con su nariz. Tras esto, ambos rieron, y dijo Haydn:

- Tocáis con toda el alma, pero también con todo el cuerpo, sin olvidar la nariz…

      Una noche un mago indio paseaba por las orillas del río Ganges, cuando pasó volando un búho que llevaba un ratoncito en su pico. El mago dio una palmada y el ave se asustó y soltó a su presa. Entonces, el mago cogió al magullado ratoncito y, después de curarlo, lo tocó con su varita mágica y lo transformó en una hermosa joven.

- Ahora –le dijo- voy a buscarte un esposo. ¿ A quién querrías como marido? Has de saber que soy un gran mago y que puedo satisfacer todos tus deseos. Los ojos de la joven brillaron de alegría.

- Me gustaría ser la esposa del ser más poderoso del mundo –dijo.

- Nada hay en el mundo más grande y poderoso que el Sol – le replicó el mago-. Así pues, te casarás con el astro rey. Y el mago pidió al Sol que aceptara la mano de su protegida.

- Yo no soy el ser más poderoso- respondió el Sol-. Fíjate: basta una sola nube para cubrirme y ocultar mi luz. Ciertamente, la nube es más fuerte que yo. Inmediatamente, el mago se dirigió a la nube y le ofreció la mano de la joven.

- El viento me arrastra donde le place –dijo la nube-. Él es más fuerte que yo. El mago se dirigió entonces al viento. – La montaña es más poderosa que yo –susurró el viento-, con su corpulencia detiene los más fieros vendavales.

Habló el mago con la montaña y esta le respondió: -¡Aún hay alguien más fuerte que yo! Hay un ratoncillo que me agujerea por dentro. Mi poder no basta para que este pequeño animal me respete.

Ciertamente, el ratón es el ser más poderoso del mundo, pensó el mago, pero mi protegida no consentirá en ser la esposa de un ratón.

Así pues, convirtió de nuevo a la joven en una ratita, la casó con el ratón de la montaña y los dos vivieron dichosos durante largos años.

      Berta y Max, aún medio dormidos, pudieron ver con la luz que entraba por la ventana que los juguetes de su habitación… ¡habían desaparecido! Saltaron de la cama y vieron que no era un sueño: no tenían sus juguetes y en su pizarra alguien había escrito: 

"Lo sentimos mucho, pero nos hemos ido a buscar a otros niños que nos quieran y nos cuiden más" 

Los dos hermanos dedujeron que durante la noche sus juguetes, hartos de tanto desorden, habían huido de aquella desordenada habitación, tal y como les había advertido en muchas ocasiones su madre. Siguiendo el ritmo del tambor y de las guitarras, los juguetes se habían ido de casa: las muñecas con sus vestiditos, el trenecillo con las piezas de construcción en sus vagones. Los coches habían encendido sus motores y se llevaban las piezas del ajedrez a todo gas. Los puzzles, transformados en alfombras voladoras, se habían llevado a los peluches con los collares y pulseritas de Berta... ¡Habían dejado la habitación tan vacía y ordenada que no parecía la misma! 
- ¿Qué ha pasado? -preguntó su madre al entrar en la habitación. 

a buscar la caja de manualidades -¡Podemos hacer los juguetes nosotros mismos! 

- Sí, sí -dijo Max-, ¡Yo también puedo hacer juguetes! 

Sus padres sonrieron, ya que les parecía una idea fan­tástica. El comedor se transformó en una fábrica de juguetes: los padres cogían botellas de plástico vacías para hacer un juego de bolos, Max dibujaba un tablero para jugar a parchís mientras que Berta recortaba cartón para hacer marionetas y juegos de cartas. Después, el padre llenó un globo dé arena para hacer una pelota y la madre pintó una huevera de cartón para jugar al tres en raya. No dejaban de inventar juguetes y de probarlos cada vez que había uno hecho... 

Al final llegó la hora de recogerlo todo y los dos hermanos se aseguraron de poner cada juguete en su sitio... ¡no querían más sustos! 

Antes de cerrar los ojos, su madre los tranquilizó: 

-¡¡Estos juguetes no desaparecerán nunca porque están hechos con el corazón!! Buenas noches. 

      El país de los Gorras Azules y el país de los Gorras Rojas no se llevaban nada bien. Es más, se llevaban tan mal que entraron en guerra.

-¡Abajo los Gorras Rojas! -gritó el presidente de los Gorras Azules.

-¡Abajo los Gorras Azules! -gritó el primer ministro de los Gorras Rojas.

El presidente de los Gorras Azules y el primer ministro de los Gorras Rojas reunieron sus armas: tanques inmensos, misiles veloces, portaaviones como ciudades, bombas, metralletas, granadas…

-Solamente faltan los soldados –dijo el presidente de los Gorras Azules.

-Los soldados son lo único que falta –dijo el primer ministro de los Gorras Rojas.

A Continuación, los dos dirigentes pronunciaron sus discursos.

-¡Muchachos! ¡Mis valientes! -decían- ¡Se acabó la paz! ¡Vamos a la guerra!

Pero los muchachos del País de los Gorras Azules estaban ocupados cosechando el trigo o tocando la guitarra. Y los muchachos del País de los Gorras Rojas estaban desarmando una radio o bailando rock.

En las esquinas de todas las ciudades de los dos países había carteles con un dedo acusador que decían: “¡Muchachos! ¡Mis valientes! ¡Vamos a la guerra!” Pero los muchachos seguían cosechando, bailando…

Entonces, el presidente de los Gorras Azules y el primer ministro de los Gorras Rojas sonrieron en los televisores y prometieron medallas brillantes a los que quisiesen ir a la guerra. Y después rugieron y amenazaron con mandar a la cárcel a los que no quisiesen ir. Ni aun así hubo soldados suficientes.

Pero las guerras no esperan. Así que los dos pequeños ejércitos, que eran tan pequeños que los dedos de una mano y un pie alcanzarían para contar sus soldados, se pusieron en marcha.

Atravesaron pantanos, llanuras inmensas, bosques tupidos y cadenas de montañas altísimas. A veces, alguno de los ejércitos creía divisar al enemigo a lo lejos y el general daba la orden: “¡Apunten! ¡Fuego!” Pero no era el enemigo, era un tren de mercancías o una bandada de pájaros que levantaba el vuelo. El enemigo estaba, mientras tanto, a muchísimos 

kilómetros de allí, gritando también: “¡Apunten! ¡Fuego!” y gastando sus balas en los que le había parecido un ejército y que en realidad no era más que una nube baja o un montón de hierba.

Dicen que, desde hace muchos años, estos dos ejércitos están buscándose. Pero son dos países muy grandes y dos ejércitos demasiado pequeños. Lo más probable es que se encuentren por casualidad dentro de cien años. Menos mal que, para entonces, los soldados estarán ya demasiado viejos, y los tanques, las metralletas, las bombas y los misiles estarán ya muy, pero que muy oxidados.

      Una vez, llego a la selva un búho que había estado en cautiverio, y explicó a los demás animales las costumbres de los humanos.

Contaba, por ejemplo, que en las ciudades los hombres calificaban a los artistas por competencias, a fin de decidir quiénes eran los mejores en cada disciplina: pintura, dibujo, escultura, canto…

La idea de adoptar costumbres humanas prendió con fuerza entre los animales y quizá por ello se organizó de inmediato un concurso de canto, en el que se inscribieron rápidamente casi todos los presentes, desde el jilguero hasta el rinoceronte.

Guiados por el búho, que había aprendido en la ciudad, se decretó que el concurso se fallaría por voto secreto y universal de todos los concursantes que, de este modo serían su propio jurado.

Así fue. Todos los animales, incluido el hombre subieron al estrado y cantaron, recibiendo un mayor o menor aplauso de la audiencia. Después anotaron su voto en un papelito y lo colocaron, doblado, en una gran urna que estaba vigilada por el búho.

Cuando llegó el momento del recuento, el búho subió al improvisado escenario y, flanqueado por dos ancianos monos, abrió la urna para comenzar el recuento de los votos de aquel “transparente acto electoral”, “gala del voto universal y secreto” y “ejemplo de vocación democrática”, como había oído decir a los políticos de las ciudades.

Uno de los ancianos sacó el primer voto y, el búho, ante la emoción general, gritó: “¡el primer voto, hermanos, es para nuestro amigo el burro!”

Se produjo un silencio, seguido de algunos tímidos aplausos.

--Segundo voto: ¡el burro!

Desconcierto general.

--Tercero: ¡el burro!

Los concurrentes empezaron a mirarse unos a otros, sorprendidos al principio, con ojos acusadores después y, por último, al seguir apareciendo votos para el burro, cada vez más avergonzados y sintiéndose culpables por sus propios votos.

Todos sabían que no había peor canto que el desastroso rebuzno del equino. Sin embargo, uno tras otro, los votos lo elegían como el mejor de los cantantes.

Y así sucedió que, terminado el escrutinio, quedó decidido por “libre elección del imparcial jurado”, que el desigual y estridente grito del burro era el ganador.

Y fue declarado como “la mejor voz de la selva y alrededores”.

El búho explicó después lo sucedido: cada concursante, considerándose a si mismo el indudable vencedor, había dado su voto al menos cualificado de los concursantes, aquel que no podía representar amenaza alguna.
La votación fue casi unánime. Sólo dos votos no fueron para el burro: el del propio burro, que creía que no tenía nada que perder y había votado sinceramente por la calandria, y el del hombre que, cómo no, había votado por sí mismo.

      Algunos piratas tenían apodos muy graciosos. ¿Cuál te pondrías tú?

Los piratas de verdad eran gentes temibles que atacaban barcos para apoderarse de los tesoros que transportaban.

Los que vienen a continuación no son exactamente así…

- ¿Bajamos al pueblo?. Me han dicho que en La Isla del Tesoro hay un loro alucinante.

- ¡Vale!

- Quedamos a las siete en la palmera que hay delante de mi casa. (…)

Los niños se quedaron en la puerta un rato largo, mirando el ir y venir de los camareros. 

El interior de La Isla del Tesoro parecía la cubierta destartalada de un barco pirata. 

Paco “El Majarón” estaba en la barra: tenía una mano cubierta con un trozo de cuero terminado en un garfio; y con aquel gancho abría botellas de cerveza con una gran habilidad. 

Los camareros, con patas de palo o parches en un ojo, se tambaleaban por entre las mesas llevando bandejas y platos. 

Mientras tanto, el loro gritaba como un loco insultando a todo el mundo. 

- ¡Piojosos! ¡Inútiles! ¡Borrachos!

Miguel y sus amigos se reían mucho porque uno de los camareros, que tenía un ojo tapado con un parche, se chocaba con las mesas y contra las paredes:

- ¡A ver si pones más cuidado, Niceto! ¡Ya has tirado tres platos de boquerones encima de los clientes! –decía El Majarón.

- Jefe…, es que con el ojo tapado no calculo bien las distancias. 

- ¡Pues te acostumbras! ¡Y no se te ocurra quitarte el parche!

Es muy incómodo, jefe… -se lamentaba Niceto.

- Más incómodo es el garfio que llevo yo en la mano y me aguanto.-

- Pero a usted, en el fondo, le gusta…

- Déjate de bromitas, Niceto, o te pongo una pata de palo. 

El camarero juntó las manos suplicando: 

- No, jefe… ¡La pata de palo no! ¡Qué tengo muy mal equilibrio! 

- Pues no te hagas el rácano y vuelve al trabajo. 

Los niños se reían desde la puerta y soltaron una carcajada cuando el loro comenzó a insultarlos: 

- ¡Rácanos! ¡Inútiles! ¡Piojosos! 

- ¡Ja, ja, ja! –reía Marta-. Tenía razón Nico. Es un loro alucinante. 

Paco El Majarón les gritó: 

- Vosotros, chicos, si vais a entrar, pasad; si no, largo de ahí, ¡que esto no es un circo! 

Los niños entraron atropellándose en La Isla del Tesoro. En total, eran catorce.


      Las aguas naturales contienen gran cantidad de oxígeno y pequeñas cantidades de otros productos químicos. Los peces han vivido durante millones de años en aguas naturales. Están adaptados a ellas y a sus impurezas naturales. Contienen algo vital para los peces: el oxígeno, tan importante para el hombre y por la misma razón. Los peces, como los animales terrestres, necesitan respirar, lo que supone consumir oxígeno.

Los residuos de las fábricas suelen verterse en los ríos, por ser ésta la forma más sencilla de deshacerse de ellos. Sin embargo, esta práctica entraña grave peligro para la vida fluvial. Algunos de los productos químicos permanecen en los ríos y no son arrastrados hasta el mar. Al final, el agua se hace impura. Las aguas se ensucian y se vuelven oscuras, quedando cubiertas de espuma. Su olor es desagradable y no existe vida en ellas. Están contaminadas.

El oxígeno que los peces toman del agua vuelve a ella de dos maneras. Por una parte, es disuelto del aire en contacto con la superficie. Además, las plantas acuáticas lo producen al crecer bajo la acción de la luz del sol. Cuando el agua está oscura, la luz no llega a las plantas, y por lo tanto, los peces cuentan con menos oxígeno. Los productos químicos venenosos colaboran también a matar las plantas, reduciendo aún más su número. Al final llega a desaparecer todo rastro de vida en el agua.

La mayor parte del agua de los ríos procede de la lluvia y de la nieve derretida, que empapan el suelo y llegan así a su curso. Los productos químicos venenosos denominados herbicidas, que se emplean para eliminar las malas hierbas; y los insecticidas, que sirven para matar insectos, son arrastrados también por el agua de la lluvia y van a parar a los ríos.

      La primera vez que Lucas oyó hablar de la Isla de los Inventos era todavía muy pequeño, pero las maravillas que oyó le sonaron tan increíbles que quedaron marcadas para siempre en su memoria. Así que desde que era un chaval, no dejó de buscar e investigar cualquier pista que pudiera llevarle a aquel fantástico lugar. Leyó cientos de libros de aventuras, de historia, de física y química e incluso música, y tomando un poco de aquí y de allá llegó a tener una idea bastante clara de la Isla de los Inventos: era un lugar secreto en que se reunían los grandes sabios del mundo para aprender e inventar juntos, y su acceso estaba totalmente restringido. Para poder pertenecer a aquel selecto club, era necesario haber realizado algún gran invento para la humanidad, y sólo entonces se podía recibir una invitación única y especial con instrucciones para llegar a la isla. 

Lucas pasó sus años de juventud estudiando e inventando por igual. Cada nueva idea la convertía en un invento, y si algo no lo comprendía, buscaba quien le ayudara a comprenderlo. Pronto conoció otros jóvenes, brillantes inventores también, a los que contó los secretos y maravillas de la Isla de los Inventos. También ellos soñaban con recibir "la carta", como ellos llamaban a la invitación. Con el paso del tiempo, la decepción por no recibirla dio paso a una colaboración y ayudas todavía mayores, y sus interesantes inventos individuales pasaron a convertirse en increíbles máquinas y aparatos pensados entre todos. Reunidos en casa de Lucas, que acabó por convertirse en un gran almacén de aparatos y máquinas, sus invenciones empezaron a ser conocidas por todo el mundo, alcanzando a mejorar todos los ámbitos de la vida; pero ni siquiera así recibieron la invitación para unirse al club. 

No se desanimaron. Siguieron aprendiendo e inventando cada día, y para conseguir más y mejores ideas, acudían a los jóvenes de más talento, ampliando el grupo cada vez mayor de aspirantes a ingresar en la isla. Un día, mucho tiempo después, Lucas, ya anciano, hablaba con un joven brillantísimo a quien había escrito para tratar de que se uniera a ellos. Le contó el gran secreto de la Isla de los Inventos, y de cómo estaba seguro de que algún día recibirían la carta. Pero entonces el joven inventor le interrumpió sorprendido: 

- ¿Cómo? , ¿pero no es ésta la verdadera Isla de los Inventos? ¿No es su carta la auténtica invitación? 

Y anciano como era, Lucas miró a su alrededor para darse cuenta de que su sueño se había hecho realidad en su propia casa, y de que no existía más ni mejor Isla de los Inventos que la que él mismo había creado con sus amigos. Y se sintió feliz al darse cuenta de que siempre había estado en la isla, y de que su vida de inventos y estudio había sido verdaderamente feliz.


      Hacía muchos años que los griegos, bajo el mando del rey Ulises, atacaban la ciudad de Troya sin poder conquistarla.

Entonces Ulises tuvo una gran idea: construir rápidamente un gigantesco caballo de madera para engañar a sus enemigos.

Por la noche, se metieron en el caballo los más valientes guerreros griegos. Y los demás, a la mañana siguiente, subieron a sus naves como si se marcharan.

Los troyanos se pusieron muy contentos al ver que sus enemigos se retiraban. Pronto salieron de su ciudad y fueron apoderándose de todo lo que habían dejado los griegos. Aquel enorme caballo les llamó mucho la atención, y pensaron meterlo también en su ciudad, como si fuera un botín que hubieran conquistado al enemigo.

Durante toda la noche celebraron los troyanos lo que creían que era su victoria. Pero cuando estaban dormidos, Ulises y sus soldados salieron del caballo y, silenciosamente, abrieron las puertas de Troya para que entrasen los demás griegos, que habían vuelto aprovechando la oscuridad de la noche.


Así, gracias a la astucia de Ulises, en muy pocas horas conquistaron lo que no habían podido conseguir en muchos años.

      “Hace más de doscientos años dicen que vivió en un enorme castillo de Niedeck una familia de gigantes.

Dicen que la única hija de los dueños del castillo se alejó un día paseando entre pinares y viñedos hasta una colina desde donde se dominaba el pueblo y el valle, partido en trozos de tierras labrantías.

La niña gigante se detuvo para mirar a unos extraños seres que se movían allá abajo arañando el suelo. Durante algunos momentos observó con curiosidad al hombre que labraba su campo. Aquello era desconocido para ella. La muchacha, feliz por su hallazgo, se acercó al hombre y a los bueyes y los recogió en su falda como si fueran juguetes.

Volvió al castillo la muchacha y fue contenta a mostrarles a sus padres lo que traía. Y, mientras hablaba, puso al labrador y la yunta sobre la mesa, y los empujaba para que trabajaran.

El gigante de barba nevada dijo cariñoso y serio:

- ¿Sabes bien, hija mía, lo que traes? ¿Tú sabes lo que has hecho? Esto que tú llamas juguete es un hombre campesino. Lo has sorprendido cuando trabajaba la tierra para arrancarle los frutos que te alimentan a ti y hacen vivir a tus padres. Ese humilde trabajador es el más útil de todos los hombres. Los demás pueden vivir gracias a su trabajo.

      Un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo.

El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino.

Volviéndose al Pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la Vid. Y la Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa.

La Rosa lloraba porque no podía ser tan alta y sólida como el Roble. Entonces encontró una planta, una Fresa, floreciendo y más fresca que nunca.

El rey preguntó:

- ¿Cómo es que creces saludable en medio de este jardín mustio y sombrío?

- No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías fresas. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. En aquel momento me dije: “Intentaré ser Fresa de la mejor manera que pueda”.

Estás aquí para contribuir con tu fragancia. Simplemente mírate a ti mismo. No hay posibilidad de que seas otra persona. Puedes disfrutarlo y florecer regado con tu propio amor por ti, o puedes marchitarte en tu propia condena…

      Los meses, desde noviembre hasta febrero, eran especialmente fríos en el cortijo al anochecer. Las noches de invierno eran largas. Toda la familia se sentaba en torno a la chimenea y un candil de aceite daba apenas luz al resto de la sala.

En las habitaciones, se colocaban braseros con las ascuas de la lumbre, para caldear el ambiente antes de acostarse. En las camas, los colchones de lana y las jarapas aplacaban el frío.

La familia junto a la hoguera, sentada en sillas de anea, se entretenían con algún quehacer. El padre trenzaba esparto, la madre cosía, la hija mayor desgranaba habas, maíz o granadas, el varón cosía una espuerta y a la pequeña le gustaba echar al fuego ramas de encina.

En algunas ocasiones, el padre contaba historias antiguas, en otras, escuchaba a sus hijos: sus deseos, sentimientos y preocupaciones. Y sólo rompía su silencio, para darles sabios consejos.

      Según un informe de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), el 51% de los consumidores españoles no sabe cómo ahorrar agua, y lo que es más alarmante, muchos encuestados aseguran no están interesados en las medidas para ahorrar agua, bien porque creen que son caras, reducen la comodidad o son complicadas.

Pero algunas medidas muy sencillas, y que no restan calidad de vida, nos permitirán ahorrar muchos litros de agua, contribuyendo al medio ambiente que cada vez es más necesario para la conservación

1. Colocar dos botellas llenas dentro de la cisterna ahorra de 2 a 4 litros en cada uso. Evitar usar el inodoro como papelera.

2. Cerrar el grifo al lavarse los dientes o afeitarse ahorra hasta 10 litros.

3. Ducharse en cinco minutos, en vez de bañarse, ahorra hasta 150 litros, y evitarlas duchas de las playas.

4. Arreglar las averías de grifos y cañerías lo antes posible: Un grifo que gotea pierde hasta 30 litros diarios. Instalar mecanismos de ahorro en los grifos, y decantarse por los de tipo "monomando".

5. Lavar la fruta y verdura en un cuenco ahorra hasta 10 litros de agua.

6. Regar al anochecer para evitar pérdidas por evaporación y sólo lo necesario. Optar por plantas autóctonas, que necesitan menos agua.

7. Poner en marcha la lavadora o el lavavajillas sólo cuando estén llenos, y comprar modelos de uso eficiente del agua.

8. Si friega a mano, utilice una pila para enjabonar y otra para aclarar, y si no tiene dos pilas, utilice un barreño.

9. No dejar mucho tiempo la vajilla sucia porque cuesta más limpiar. Fregar los platos justo después de comer

10. No abusar de la lejía, porque dificulta el trabajo de las depuradoras, y utilizar detergentes ecológicos, sin fosfatos.

11. Al cocinar, medir la cantidad de agua que necesita hervir, para evitar su derroche por la evaporación. Si tapa la olla, hervirá más rápido, y apague la llama nada más completarse la ebullición.

12. Al esperar que salga agua caliente aprovechar para llenar recipientes con el agua fría para utilizarla en otras cosas.