Blog de lectura Martín Peinado

Lee, aprende y disfruta

*Recursos adaptados a los diversos ciclos de Primaria, muchos de los cuales provienen de fuentes externas al colegio.


      Una vez, llego a la selva un búho que había estado en cautiverio, y explicó a los demás animales las costumbres de los humanos.

Contaba, por ejemplo, que en las ciudades los hombres calificaban a los artistas por competencias, a fin de decidir quiénes eran los mejores en cada disciplina: pintura, dibujo, escultura, canto…

La idea de adoptar costumbres humanas prendió con fuerza entre los animales y quizá por ello se organizó de inmediato un concurso de canto, en el que se inscribieron rápidamente casi todos los presentes, desde el jilguero hasta el rinoceronte.

Guiados por el búho, que había aprendido en la ciudad, se decretó que el concurso se fallaría por voto secreto y universal de todos los concursantes que, de este modo serían su propio jurado.

Así fue. Todos los animales, incluido el hombre subieron al estrado y cantaron, recibiendo un mayor o menor aplauso de la audiencia. Después anotaron su voto en un papelito y lo colocaron, doblado, en una gran urna que estaba vigilada por el búho.

Cuando llegó el momento del recuento, el búho subió al improvisado escenario y, flanqueado por dos ancianos monos, abrió la urna para comenzar el recuento de los votos de aquel “transparente acto electoral”, “gala del voto universal y secreto” y “ejemplo de vocación democrática”, como había oído decir a los políticos de las ciudades.

Uno de los ancianos sacó el primer voto y, el búho, ante la emoción general, gritó: “¡el primer voto, hermanos, es para nuestro amigo el burro!”

Se produjo un silencio, seguido de algunos tímidos aplausos.

--Segundo voto: ¡el burro!

Desconcierto general.

--Tercero: ¡el burro!

Los concurrentes empezaron a mirarse unos a otros, sorprendidos al principio, con ojos acusadores después y, por último, al seguir apareciendo votos para el burro, cada vez más avergonzados y sintiéndose culpables por sus propios votos.

Todos sabían que no había peor canto que el desastroso rebuzno del equino. Sin embargo, uno tras otro, los votos lo elegían como el mejor de los cantantes.

Y así sucedió que, terminado el escrutinio, quedó decidido por “libre elección del imparcial jurado”, que el desigual y estridente grito del burro era el ganador.

Y fue declarado como “la mejor voz de la selva y alrededores”.

El búho explicó después lo sucedido: cada concursante, considerándose a si mismo el indudable vencedor, había dado su voto al menos cualificado de los concursantes, aquel que no podía representar amenaza alguna.
La votación fue casi unánime. Sólo dos votos no fueron para el burro: el del propio burro, que creía que no tenía nada que perder y había votado sinceramente por la calandria, y el del hombre que, cómo no, había votado por sí mismo.

      Algunos piratas tenían apodos muy graciosos. ¿Cuál te pondrías tú?

Los piratas de verdad eran gentes temibles que atacaban barcos para apoderarse de los tesoros que transportaban.

Los que vienen a continuación no son exactamente así…

- ¿Bajamos al pueblo?. Me han dicho que en La Isla del Tesoro hay un loro alucinante.

- ¡Vale!

- Quedamos a las siete en la palmera que hay delante de mi casa. (…)

Los niños se quedaron en la puerta un rato largo, mirando el ir y venir de los camareros. 

El interior de La Isla del Tesoro parecía la cubierta destartalada de un barco pirata. 

Paco “El Majarón” estaba en la barra: tenía una mano cubierta con un trozo de cuero terminado en un garfio; y con aquel gancho abría botellas de cerveza con una gran habilidad. 

Los camareros, con patas de palo o parches en un ojo, se tambaleaban por entre las mesas llevando bandejas y platos. 

Mientras tanto, el loro gritaba como un loco insultando a todo el mundo. 

- ¡Piojosos! ¡Inútiles! ¡Borrachos!

Miguel y sus amigos se reían mucho porque uno de los camareros, que tenía un ojo tapado con un parche, se chocaba con las mesas y contra las paredes:

- ¡A ver si pones más cuidado, Niceto! ¡Ya has tirado tres platos de boquerones encima de los clientes! –decía El Majarón.

- Jefe…, es que con el ojo tapado no calculo bien las distancias. 

- ¡Pues te acostumbras! ¡Y no se te ocurra quitarte el parche!

Es muy incómodo, jefe… -se lamentaba Niceto.

- Más incómodo es el garfio que llevo yo en la mano y me aguanto.-

- Pero a usted, en el fondo, le gusta…

- Déjate de bromitas, Niceto, o te pongo una pata de palo. 

El camarero juntó las manos suplicando: 

- No, jefe… ¡La pata de palo no! ¡Qué tengo muy mal equilibrio! 

- Pues no te hagas el rácano y vuelve al trabajo. 

Los niños se reían desde la puerta y soltaron una carcajada cuando el loro comenzó a insultarlos: 

- ¡Rácanos! ¡Inútiles! ¡Piojosos! 

- ¡Ja, ja, ja! –reía Marta-. Tenía razón Nico. Es un loro alucinante. 

Paco El Majarón les gritó: 

- Vosotros, chicos, si vais a entrar, pasad; si no, largo de ahí, ¡que esto no es un circo! 

Los niños entraron atropellándose en La Isla del Tesoro. En total, eran catorce.


      Las aguas naturales contienen gran cantidad de oxígeno y pequeñas cantidades de otros productos químicos. Los peces han vivido durante millones de años en aguas naturales. Están adaptados a ellas y a sus impurezas naturales. Contienen algo vital para los peces: el oxígeno, tan importante para el hombre y por la misma razón. Los peces, como los animales terrestres, necesitan respirar, lo que supone consumir oxígeno.

Los residuos de las fábricas suelen verterse en los ríos, por ser ésta la forma más sencilla de deshacerse de ellos. Sin embargo, esta práctica entraña grave peligro para la vida fluvial. Algunos de los productos químicos permanecen en los ríos y no son arrastrados hasta el mar. Al final, el agua se hace impura. Las aguas se ensucian y se vuelven oscuras, quedando cubiertas de espuma. Su olor es desagradable y no existe vida en ellas. Están contaminadas.

El oxígeno que los peces toman del agua vuelve a ella de dos maneras. Por una parte, es disuelto del aire en contacto con la superficie. Además, las plantas acuáticas lo producen al crecer bajo la acción de la luz del sol. Cuando el agua está oscura, la luz no llega a las plantas, y por lo tanto, los peces cuentan con menos oxígeno. Los productos químicos venenosos colaboran también a matar las plantas, reduciendo aún más su número. Al final llega a desaparecer todo rastro de vida en el agua.

La mayor parte del agua de los ríos procede de la lluvia y de la nieve derretida, que empapan el suelo y llegan así a su curso. Los productos químicos venenosos denominados herbicidas, que se emplean para eliminar las malas hierbas; y los insecticidas, que sirven para matar insectos, son arrastrados también por el agua de la lluvia y van a parar a los ríos.

      La primera vez que Lucas oyó hablar de la Isla de los Inventos era todavía muy pequeño, pero las maravillas que oyó le sonaron tan increíbles que quedaron marcadas para siempre en su memoria. Así que desde que era un chaval, no dejó de buscar e investigar cualquier pista que pudiera llevarle a aquel fantástico lugar. Leyó cientos de libros de aventuras, de historia, de física y química e incluso música, y tomando un poco de aquí y de allá llegó a tener una idea bastante clara de la Isla de los Inventos: era un lugar secreto en que se reunían los grandes sabios del mundo para aprender e inventar juntos, y su acceso estaba totalmente restringido. Para poder pertenecer a aquel selecto club, era necesario haber realizado algún gran invento para la humanidad, y sólo entonces se podía recibir una invitación única y especial con instrucciones para llegar a la isla. 

Lucas pasó sus años de juventud estudiando e inventando por igual. Cada nueva idea la convertía en un invento, y si algo no lo comprendía, buscaba quien le ayudara a comprenderlo. Pronto conoció otros jóvenes, brillantes inventores también, a los que contó los secretos y maravillas de la Isla de los Inventos. También ellos soñaban con recibir "la carta", como ellos llamaban a la invitación. Con el paso del tiempo, la decepción por no recibirla dio paso a una colaboración y ayudas todavía mayores, y sus interesantes inventos individuales pasaron a convertirse en increíbles máquinas y aparatos pensados entre todos. Reunidos en casa de Lucas, que acabó por convertirse en un gran almacén de aparatos y máquinas, sus invenciones empezaron a ser conocidas por todo el mundo, alcanzando a mejorar todos los ámbitos de la vida; pero ni siquiera así recibieron la invitación para unirse al club. 

No se desanimaron. Siguieron aprendiendo e inventando cada día, y para conseguir más y mejores ideas, acudían a los jóvenes de más talento, ampliando el grupo cada vez mayor de aspirantes a ingresar en la isla. Un día, mucho tiempo después, Lucas, ya anciano, hablaba con un joven brillantísimo a quien había escrito para tratar de que se uniera a ellos. Le contó el gran secreto de la Isla de los Inventos, y de cómo estaba seguro de que algún día recibirían la carta. Pero entonces el joven inventor le interrumpió sorprendido: 

- ¿Cómo? , ¿pero no es ésta la verdadera Isla de los Inventos? ¿No es su carta la auténtica invitación? 

Y anciano como era, Lucas miró a su alrededor para darse cuenta de que su sueño se había hecho realidad en su propia casa, y de que no existía más ni mejor Isla de los Inventos que la que él mismo había creado con sus amigos. Y se sintió feliz al darse cuenta de que siempre había estado en la isla, y de que su vida de inventos y estudio había sido verdaderamente feliz.


      Hacía muchos años que los griegos, bajo el mando del rey Ulises, atacaban la ciudad de Troya sin poder conquistarla.

Entonces Ulises tuvo una gran idea: construir rápidamente un gigantesco caballo de madera para engañar a sus enemigos.

Por la noche, se metieron en el caballo los más valientes guerreros griegos. Y los demás, a la mañana siguiente, subieron a sus naves como si se marcharan.

Los troyanos se pusieron muy contentos al ver que sus enemigos se retiraban. Pronto salieron de su ciudad y fueron apoderándose de todo lo que habían dejado los griegos. Aquel enorme caballo les llamó mucho la atención, y pensaron meterlo también en su ciudad, como si fuera un botín que hubieran conquistado al enemigo.

Durante toda la noche celebraron los troyanos lo que creían que era su victoria. Pero cuando estaban dormidos, Ulises y sus soldados salieron del caballo y, silenciosamente, abrieron las puertas de Troya para que entrasen los demás griegos, que habían vuelto aprovechando la oscuridad de la noche.


Así, gracias a la astucia de Ulises, en muy pocas horas conquistaron lo que no habían podido conseguir en muchos años.

      “Hace más de doscientos años dicen que vivió en un enorme castillo de Niedeck una familia de gigantes.

Dicen que la única hija de los dueños del castillo se alejó un día paseando entre pinares y viñedos hasta una colina desde donde se dominaba el pueblo y el valle, partido en trozos de tierras labrantías.

La niña gigante se detuvo para mirar a unos extraños seres que se movían allá abajo arañando el suelo. Durante algunos momentos observó con curiosidad al hombre que labraba su campo. Aquello era desconocido para ella. La muchacha, feliz por su hallazgo, se acercó al hombre y a los bueyes y los recogió en su falda como si fueran juguetes.

Volvió al castillo la muchacha y fue contenta a mostrarles a sus padres lo que traía. Y, mientras hablaba, puso al labrador y la yunta sobre la mesa, y los empujaba para que trabajaran.

El gigante de barba nevada dijo cariñoso y serio:

- ¿Sabes bien, hija mía, lo que traes? ¿Tú sabes lo que has hecho? Esto que tú llamas juguete es un hombre campesino. Lo has sorprendido cuando trabajaba la tierra para arrancarle los frutos que te alimentan a ti y hacen vivir a tus padres. Ese humilde trabajador es el más útil de todos los hombres. Los demás pueden vivir gracias a su trabajo.

      Un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo.

El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino.

Volviéndose al Pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la Vid. Y la Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa.

La Rosa lloraba porque no podía ser tan alta y sólida como el Roble. Entonces encontró una planta, una Fresa, floreciendo y más fresca que nunca.

El rey preguntó:

- ¿Cómo es que creces saludable en medio de este jardín mustio y sombrío?

- No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías fresas. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. En aquel momento me dije: “Intentaré ser Fresa de la mejor manera que pueda”.

Estás aquí para contribuir con tu fragancia. Simplemente mírate a ti mismo. No hay posibilidad de que seas otra persona. Puedes disfrutarlo y florecer regado con tu propio amor por ti, o puedes marchitarte en tu propia condena…

      Los meses, desde noviembre hasta febrero, eran especialmente fríos en el cortijo al anochecer. Las noches de invierno eran largas. Toda la familia se sentaba en torno a la chimenea y un candil de aceite daba apenas luz al resto de la sala.

En las habitaciones, se colocaban braseros con las ascuas de la lumbre, para caldear el ambiente antes de acostarse. En las camas, los colchones de lana y las jarapas aplacaban el frío.

La familia junto a la hoguera, sentada en sillas de anea, se entretenían con algún quehacer. El padre trenzaba esparto, la madre cosía, la hija mayor desgranaba habas, maíz o granadas, el varón cosía una espuerta y a la pequeña le gustaba echar al fuego ramas de encina.

En algunas ocasiones, el padre contaba historias antiguas, en otras, escuchaba a sus hijos: sus deseos, sentimientos y preocupaciones. Y sólo rompía su silencio, para darles sabios consejos.