Blog de lectura Martín Peinado

Lee, aprende y disfruta

*Recursos adaptados a los diversos ciclos de Primaria, muchos de los cuales provienen de fuentes externas al colegio.


      El cocodrilo Camilo nació en el Nilo. El Nilo es un río muy largo, muy largo, muy laaaaaargo, que hay en un país que se llama Egipto. Ese país está lleno de pirámides, de momias, de camellos y de arena. Y también hay cocodrilos, claro. Camilo nació de un huevo porque no sólo los pollitos y los pájaros nacen de huevos, también las serpientes, los cocodrilos y las tortugas nacen de huevos. ¡Ah, y por supuesto los peces! Su madre se llamaba Camila y su padre Florencio. Le pusieron Camilo por su madre y porque rimaba con el Nilo. Camilo iba a la escuela de los cocodrilos desde muy pequeño. La escuela de los cocodrilos es muy diferente a la tuya, está al aire libre y a la orilla de un río. No tiene mesas, ni sillas, ni pizarra, ni puertas, ni ventanas y los cocodrilos no aprenden a leer y a escribir. No, los cocodrilos son animales de sangre fría y necesitan calentarse para poder funcionar, es como si estuvieran cargando las pilas. También aprenden a nadar y a dar vueltas sobre sí mismos. ¡Ah! y lo que es más importante para ellos, aprenden a camuflarse, a disfrazarse de troncos o de piedras para que no los vean y poder así pescar.
Y allí estaba Camilo, rebozado de barro como una croqueta, friéndose al sol y perfectamente camuflado de tronco, cuando unas manos lo agarraron por aquí, por el pescuezo para que no se pudiera revolver y morder a quienes estaban atrapándolo. Lo metieron en un saco oscuro. A los pocos días lo colocaron en un cajón de madera, con otros cocodrilos pequeños, y lo cargaron en un barco, donde apenas les daban de comer y sólo, de vez en cuando, los remojaban un poco. Cuando llegaron a puerto, estaban desfallecidos y muy fatigados.

A Camilo lo descargaron por la noche, sin que nadie lo viera. Allí, unos hombres se lo llevaron en una camioneta y, por fin, después de unas horas, lo metieron en un pequeño estanque que había en un chalet. Debéis saber que todo esto está prohibido, y las multas son muy gordas, pero aún así hay gente que lo hace.

Camilo empezó a recuperarse y a comer. Al principio iban muchas personas a verlo, y todos decían: “¡Uy qué mono!”. Camilo, que era un cocodrilo, no entendía porqué decían que era un mono. Estaba claro que tenía dientes de cocodrilo, piel de cocodrilo y cola de cocodrilo, así que empezó a pensar que aquella gente era un poco rara.

Su charca no era muy grande, pero podía tomar el sol y nadar. Así que hizo lo que hacen todos los animales cuando son pequeños y los que hacéis vosotros también: comer y crecer. Y claro, un cocodrilo no es un juguete, así que crecieron sus dientes y llegó un momento en que se convirtió en un peligro y nadie quería pasar por su lado ni acercarse al estanque.

Al final, la familia que lo había comprado, como pudo, lo metió en una jaula y, como eran unos irresponsables, lo llevaron a un pantano por la noche, lo soltaron allí y se marcharon después.

En el pantano, Camilo estaba muy asustado, y un animal asustado puede volverse muy peligroso. Le asustaban los ruidos extraños que se oían en el agua; ruidos que producían las pequeñas barcas a motor que paseaban por el pantano y también aquellos palos que se metían desde la superficie y se movían de un lado a otro. ¿Sabéis lo que eran? ¡Eran remos!

Un domingo por la mañana, mientras nadaba casi por la superficie, vio un palo de muchos colores que se movía y, para jugar con él, lo agarró con sus dientes. Cuando la familia que había alquilado la barca para dar un paseo por el pantano sacó el remo y vio que había un cocodrilo que tenía agarrado un extremo del remo por los dientes, se dio un susto morrocotudo. Los gritos de los niños fueron terribles, el padre estuvo a punto de soltar el remo, pero la madre, que era veterinaria, dijo que no podían dejar aquel animal allí, que era un peligro. Así que, con mucho miedo, se acercaron hasta la orilla tirando del remo que el pequeño cocodrilo había mordido y no soltaba. Lo sacaron a tierra donde, ayudados por otras personas, con unas lonas y redes pudieron calmarlo. Camilo tenía tanto miedo que no paraba de dar dentelladas por aquí y por allá, pero afortunadamente, no mordió a nadie. Llamaron a la guardia forestal, que se lo llevó en un transporte especial.

Lo trasladaron a un centro de recuperación de animales salvajes y lo pusieron en una especie de bañera. La verdad es que lo trataban con cuidado y nadie decía lo mono que era, pero a él no le gustaba estar allí, así que no hacía más que llorar. Y aquí entra en acción nuestra mascota, porque Pete se enteró de toda esta historia por la televisión y sintió mucha pena. Así que se montó en su cohetito y allá que se presentó. Llegó por la noche, cuando todos estaban dormidos y le dijo a Camilo que sabía toda su historia y que si quería volver con él al Nilo. Camilo se puso tan contento que de dos coletazos sacó casi toda el agua de la bañera. No sabemos cómo consiguió meterse en el cohetillo de Pete, seguramente con la magia “¡papapapú, papapapá!” que Pi y Pa habían enseñado al conejo. Pero el caso es que Pete devolvió a Camilo al río Nilo, y sus padres y sus maestros se alegraron tanto que hicieron una fiesta cocodrilesca que duró tres días. ¿Qué cómo son estas fiestas? Bueno, esto te lo contaré otro día.


      Había una vez una ratita que cada día barría la escalera de su casa. Una mañana muy temprano, mientras barría la escalera, se encontró una moneda. La ratita se puso muy contenta y, muy ilusionada, empezó a pensar que podría comprar con ella

- ¿ Qué me puedo comprar? ¡Muchos dulces! No, no, que si como muchos dulces, se me estropearán los dientes…¡ Ah ya sé! Me compraré un lazo para mi cola.

Y dicho y hecho, la ratita presumida se fue caminando hacia la tienda.

- Buenos días, señora vendedora- dijo la ratita.

- Buenos días - respondió la señora-. ¿Qué desea?

- Quiero comprar un lazo para mi cola.

- Muy bien. ¿Y de qué color lo quiere?

La ratita lo pensó un momento y después dijo:

- Pues de color…de color…¡rojo!

La vendedora cortó un trozo de una bonita cinta para que la ratita presumida pudiera hacerse un gran lazo de color rojo. La ratita sacó su moneda y le pagó con ella.

Cuando llegó a su casa, corrió a mirarse al espejo y se probó el lazo. ¡Qué guapa estaba! La ratita era tan presumida que decidió salir al balcón para lucir su lazo nuevo.

Cuando llevaba un rato en el balcón, se acercó un gallo y le dijo:

- Ratita, ratita, tú que eres tan bonita, ¿quieres casarte conmigo?

- No sé, no sé…¿A ver qué voz tienes?

- ¡Quiquiriquí! ¡Quiquiriquí!

- ¡Ay, no, no! ¡Tu voz es muy chillona!

Y el gallo se marchó muy triste. Al cabo de un rato, se acercó un perro y le dijo:

- Ratita, ratita, tú que eres tan bonita, ¿quieres casarte conmigo?

- No sé, no sé …¿A ver qué voz tienes?

- ¡Guau! ¡Guau!

- ¡Ay, no, no! ¡Tu voz es muy fuerte!

Y el perro se marchó muy triste. Más tarde, se acercó un cerdo y le dijo:

- Ratita, ratita, tú que eres tan bonita, ¿quieres casarte conmigo?

- No sé, no sé… ¿A ver qué voz tienes?

- ¡Grrr! ¡Grrr!

- ¡ Ay, no, no! ¡ Tu voz es muy desagradable!

Y el cerdito se marchó muy triste. Por último, se acercó un gato y le dijo:

- Ratita, ratita, tú que eres tan bonita, ¿quieres casarte conmigo?

-No sé, no sé… ¿A ver qué voz tienes? 

- Miau, miau…

- ¡ Ay, sí, sí! ¡Tu voz es muy dulce!

Tanto le gustó la voz del gato a la ratita que se enamoró de él y, al poco tiempo, se casaron. Pero un día, el gato dió un beso a la ratita y tan dulce la encontró, que de un solo bocado se la comió.

Y colorín, colorado, este cuento se ha terminado,¿os ha gustado?

      En un bosque remoto, al pie de una montaña, vivía una pequeña ardilla. Allí había árboles de todas clases: pinos, abetos, cedros, sauces. Algunos eran muy altos, con muchas hojas y ramas; otros eran bajos y parecían desnudos.

En el bosque, también vivían muchos animales: pájaros, liebres, ciervos. Había, además, muchas ardillas. A pesar de ello, la ardillita se sentía muy triste porque se pasaba el día sola. Como era muy pequeña y no sabía trepar a los árboles, no tenía ninguna amiga.

Un día, estaba comiendo sola una bellota, cuando apareció otra ardilla un poco más grande.

Como ésta tenía mucha hambre, la pequeña ardilla le ofreció compartir su comida.

Desde ese momento, las dos ardillas fueron inseparables. La más pequeña aprendió a trepar a los árboles y a jugar como sus otras compañeras. Nunca más se sentiría sola

      Cuentan que hace mucho tiempo los colores empezaron a pelearse. Cada uno proclamaba que él era el más importante, el más útil, el favorito. 
El verde dijo: “Sin duda, yo soy el más importante. Soy el signo de la vida y la esperanza. Me han escogido para la hierba, los árboles, las hojas. Sin mí todos los animales morirían. Mirad alrededor y veréis que estoy en la mayoría de las cosas”.

El azul interrumpió: “Tú sólo piensas en la tierra, pero considera el cielo y el mar. El agua es la base de la Vida y son las nubes las que la absorben del mar azul. El cielo da espacio, y paz y serenidad. Sin mi paz no seríais más que aficionados.

El amarillo soltó una risita: “¡Vosotros sois tan serios! Yo traigo al mundo risas, alegría y calor. El sol es amarillo, la luna es amarilla, las estrellas son amarillas. Cada vez que miráis a un girasol, el mundo entero comienza a sonreír. Sin mí no habría alegría”. 

A continuación tornó la palabra el naranja: “Yo soy el color de la salud y de la fuerza. Puedo ser poco frecuente pero soy precioso para las necesidades internas de la vida humana. Yo transporto las vitaminas más importantes. Pensad en las zanahorias, las calabazas, las naranjas, los mangos y papayas. No estoy, todo el tiempo dando vueltas, pero cuando coloreo el cielo en el amanecer o en el crepúsculo mi belleza es tan impresionante que nadie piensa en vosotros”. 

El rojo no podía contenerse por más tiempo y saltó: “yo soy el color del valor y del peligro. Estoy dispuesto a luchar por una causa. Traigo fuego a la sangre. Sin mí la tierra estaría vacía como la luna. Soy el color de la pasión y del amor; de la rosa roja, la flor de pascua y la amapola”. 

El púrpura enrojeció con toda su fuerza. Era muy alto y habló con gran pompa: “Soy el color de la realiza y del poder. Reyes, jefes de Estado, obispos, me han escogido siempre, porque el signo de la autoridad y de la sabiduría. La gente no me cuestiona; me escucha y me obedece”. 

El añil habló mucho más tranquilamente que los otros, pero con igual determinación: “Pensad en mí. Soy el color del silencio. Raramente repararéis en mí, pero sin mí todos seríais superficiales. Represento el pensamiento y la reflexión, el crepúsculo y las aguas profundas. Me necesitáis para el equilibrio y el contraste, la oración y la paz interior. 

Así fue cómo los colores estuvieron presumiendo, cada uno convencido de que él era el mejor. Su querella se hizo más y más ruidosa. De repente, apareció un resplandor de luz blanca y brillante. Había relámpagos que retumbaban con estrépito. La lluvia empezó a caer a cántaros, implacablemente. Los colores comenzaron a acurrucarse con miedo, acercándose unos a otros buscando protección.

La lluvia habló: “Estáis locos, colores, luchando contra vosotros mismos, intentando cada uno dominar al resto. ¿No sabéis que Dios os ha hecho a todos? Cada uno para un objetivo especial, único, diferente. Él os amó a todos. Juntad vuestras manos y venid conmigo”. 

Dios quiere extenderos a través del mundo en un gran arco de color, como recuerdo de que os ama a todos, de que podéis vivir juntos en paz, como promesa de que está con vosotros, como señal de esperanza para el mañana”. Y así fue como Dios usó la lluvia para lavar el mundo. Y puso el arco iris en el cielo para que, cuando lo veáis, os acordéis de que tenéis que teneros en cuenta unos a otros, buscando siempre la PAZ.

      La familia de Marta se fue de excursión al campo. Marta se fue a dar una vuelta y cuando volvió le contó a sus padres:
- Allí lejos, detrás de un árbol, hay un cocodrilo enorme, con unos dientes largos como cuchillos.

- Marta, tú sabes que no hay que decir mentiras- le dijeron sus papás.

- Pero no, esto no es una mentira, es una historia- dijo Marta.

- A ver el cocodrilo, enséñamelo-dijo su mamá.

- No te lo puedo enseñar, porque cuando se estaba lavando los dientes con una ramita, vino una serpiente y se lo comió.

- Ah, entonces vamos a ver a la serpiente que se comió al cocodrilo.

- No puedo, porque resulta que cuando la serpiente se estaba enroscando en un tronco, apareció un gato hambriento y malo y se la comió.

- Entonces enséñame al gato que se comió a la serpiente que se comió al cocodrilo.

- Tampoco, porque resulta que el gato se acostó a dormir y se lo comió una lombriz.- explicó Marta

- Ah, ¿ Y dónde está la lombriz que se comió al gato?

- No está, porque apareció una hormiga y se la comió.

- Pero esto no puede ser-dijo la mamá-Había un montón de animales y bichos comiéndose unos a otros y yo no vi nada.¿cómo un bicho chiquito como una hormiga puede comerse una lombriz entera? Me parece que me has contado un montón de mentiras.

- ¿Quieres que te lo enseñe?-dijo Marta

- Sí, enséñamelo.

Y Marta le enseñó una hormiga que había encontrado encima de una piedra. Sus papás se rieron y no le dijeron nada más.
      Vanesa tiene una hermana muy pequeña. Vanesa quería comprar un libro. Un día Vanesa fue a la librería y compró un libro muy gordo. La hermana de Vanesa rompió el libro. Vanesa la vió y la regañó.

      Al gato le gustaba cazar ratones. El gato estaba muy aburrido porque no había ratones. Por la noche vino un ratón y el gato se despertó y cazó al ratón y se lo comió. El gato ya no estaba más aburrido.

      En alta mar, en un lugar muy, muy lejano, vivía un pez. Pero no se trataba de un pez cualquiera. Era el pez más hermoso de todo el océano. Su brillante traje de escamas tenía todos los colores del arco iris.
Los demás peces admiraban sus preciosas escamas y le llamaban “el pez Arcoiris”. 

¡Ven, pez Arcoíris! ¡Ven a jugar con nosotros! –le decían. Pero el pez Arcoiris ni siquiera les contestaba, y pasaba de largo con sus escamas relucientes.

Pero un día, un pececito azul quiso hablar con él.

¡Pez Arcoíris, pez Arcoíris! –le llamó- Por favor, ¿me regalas una de tus brillantes escamas? Son preciosas, ¡y como tienes tantas . . . ¡

¿Qué te regale una de mis escamas? ¡Pero tú qué te has creído! –gritó enfadado el pez Arcoíris

¡Venga, fuera de aquí!

El pececito azul se alejó muy asustado. Cuando se encontró con sus amigos, les dijo lo que le había contestado el pez Arcoíris. A partir de aquel día nadie quiso volver a hacerle caso, y ya ni le miraban; cuando se acercaba a ellos, todos le daban la espalda.

¿De qué le servían ahora al pez Arcoíris sus brillantes escamas, si nadie le miraba? Ahora era el pez más solitario de todo el océano. Un día, Arcoíris le preguntó a la estrella de mar:

¡Con lo guapo que soy . . .! ¿por qué no le gusto a nadie?

No lo sé –le contestó la estrella de mar-. Pregúntale al pulpo Octopus, que vive en la cueva que hay detrás del banco de coral. A lo mejor él tiene la respuesta.

El pez Arcoíris encontró la cueva. Era tan oscura que casi no se veía nada. Pero, de pronto, en medio de la oscuridad, se encontró con dos ojos brillantes que lo miraban.

Te estaba esperando –le dijo Octopus con una voz muy profunda-. Las olas me han contado tu historia. Escucha mi consejo: regala a cada pez una de tus brillantes escamas. Entonces, aunque ya no seas el pez más hermosos del océano, volverás a estar muy contento.

Pero . . . Cuando el pez Arcoíris quiso contestarle, Octopus ya había desaparecido.

“¿Qué regale mis escamas? ¿Mis preciosas escamas brillantes? –pensó el pez Arcoíris, horrorizado

¡De ninguna manera! ¡No! ¿Cómo podría ser feliz sin ellas?”

De pronto, sintió que alguien le rozaba suavemente con una aleta. ¡Era otra vez el pececito azul! 

- Pez Arcoíris, por favor, ¡no seas malo! Dame una de tus escamas brillantes, ¡aunque sea una muy, muy pequeñita! El pez Arcoíris dudó por un momento. “Si le doy una escama brillante muy pequeñita –pensó-, seguro que no la echaré de menos.”

Con mucho cuidado, para no hacerse daño, el pez Arcoíris arrancó de su traje la escama brillante más pequeña de todas.

¡Toma, te la regalo! ¡Pero ya no me pidas más! ¿eh?

¡Muchísimas gracias! –contestó el pececito azul, loco de alegría-. ¡Qué bueno eres, pez Arcoíris! El pez Arcoíris se sentía muy raro. Siguió con la mirada al pececito azul durante un buen rato, viendo cómo se alejaba, haciendo zig-zags, y deslizándose como un rayo en el agua con su escama brillante.

Al cabo de un rato, el pez Arcoíris se vio rodeado de muchos otros peces que también querían que les regalase una escama brillante. Y, ¡quién lo iba a decir! Arcoíris repartió sus escamas entre todos los peces. Cada vez estaba más contento. ¡Cuánto más brillaba el agua a su alrededor, más feliz se sentía entre los demás peces!

Al final, sólo se quedó con una escama brillante para él. ¡había regalado todas las demás! ¡Y era feliz! ¡tan feliz como jamás lo había sido!

¡Ven pez Arcoíris, ven a jugar con nosotros! –le dijeron todos los peces.

¡Ahora mismo voy! –les contó el pez. Arcoíris, y se fue contentísimo a jugar con sus nuevos amigos.