Blog de lectura Martín Peinado

Lee, aprende y disfruta

*Recursos adaptados a los diversos ciclos de Primaria, muchos de los cuales provienen de fuentes externas al colegio.


      Según un informe de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), el 51% de los consumidores españoles no sabe cómo ahorrar agua, y lo que es más alarmante, muchos encuestados aseguran no están interesados en las medidas para ahorrar agua, bien porque creen que son caras, reducen la comodidad o son complicadas.

Pero algunas medidas muy sencillas, y que no restan calidad de vida, nos permitirán ahorrar muchos litros de agua, contribuyendo al medio ambiente que cada vez es más necesario para la conservación

1. Colocar dos botellas llenas dentro de la cisterna ahorra de 2 a 4 litros en cada uso. Evitar usar el inodoro como papelera.

2. Cerrar el grifo al lavarse los dientes o afeitarse ahorra hasta 10 litros.

3. Ducharse en cinco minutos, en vez de bañarse, ahorra hasta 150 litros, y evitarlas duchas de las playas.

4. Arreglar las averías de grifos y cañerías lo antes posible: Un grifo que gotea pierde hasta 30 litros diarios. Instalar mecanismos de ahorro en los grifos, y decantarse por los de tipo "monomando".

5. Lavar la fruta y verdura en un cuenco ahorra hasta 10 litros de agua.

6. Regar al anochecer para evitar pérdidas por evaporación y sólo lo necesario. Optar por plantas autóctonas, que necesitan menos agua.

7. Poner en marcha la lavadora o el lavavajillas sólo cuando estén llenos, y comprar modelos de uso eficiente del agua.

8. Si friega a mano, utilice una pila para enjabonar y otra para aclarar, y si no tiene dos pilas, utilice un barreño.

9. No dejar mucho tiempo la vajilla sucia porque cuesta más limpiar. Fregar los platos justo después de comer

10. No abusar de la lejía, porque dificulta el trabajo de las depuradoras, y utilizar detergentes ecológicos, sin fosfatos.

11. Al cocinar, medir la cantidad de agua que necesita hervir, para evitar su derroche por la evaporación. Si tapa la olla, hervirá más rápido, y apague la llama nada más completarse la ebullición.

12. Al esperar que salga agua caliente aprovechar para llenar recipientes con el agua fría para utilizarla en otras cosas.

      Hoy os voy a contar una historia, la historia del ratón Pérez; o sea, mi historia: La historia de un ratón trabajador.



Toda mi familia y yo vivíamos en una pequeña cueva: sí, papá ratón Pérez, mamá ratita Anita y yo, ratoncito Pérez.

Nuestra cuevita era como todas las casas de ratones: un agujerito (ni muy grande ni muy chiquitito) para que no nos pudiera atrapar ningún gato.

Dentro había pelusas para que nos sirvieran de abrigo en invierno, pedacitos de periódico para que papá supiera que estaba pasando en el mundo, y quesitos duros, blancos, con agujeros y sin agujeros (son nuestros preferidos).

Un día tuve una idea: ¡mudarnos!, pero a una casa distinta de los demás.

Una casa muy grande, cómoda, limpia y muy blanca. Pensé y pensé y decidí que lo mejor sería ir a vivir a un castillo. Fui corriendo, se lo conté a mi familia; todos saltaron y movieron sus colitas de alegría.

¡Tendríamos un castillo solo para nosotros, sin gatos y con muchos quesitos!

Y entonces surgió el gran problema, ¿con qué lo construiríamos?

Mamá pensó: Con pelusas, pero duraría muy poco.

Papá dijo: ¡Con papel!. ¡No!, se volaría rápidamente.

En ese momento se me ocurrió una idea genial: proponeros a todos los niños del mundo que, cuando se os cayeran los dientes, me los entregareis a mi, para poder construir con ellos el mejor y más blanco castillo que nunca se hubiera visto ni imaginado.

Eso sí, con una condición: como soy muy vergonzoso, los dientes que se os vayan cayendo deberéis dejarlos debajo de la almohada, para que, cuando estéis durmiendo, yo pueda pasar a buscarlos muy despacito y sin hacer ni un solo ruidito.

Pero, ¡atención!. Como somos ratones agradecidos y nos gusta dar sorpresas, vais a ver que me voy a llevar el diente pero os voy a dejar a cambio, ¿qué?. ¡Ah!, no,no se dice, si lo hiciera, dejaría de ser una sorpresa.


Y, colorín colorado, este hstoria se ha terminado.

      Había una vez una arañita que estaba construyendo su casa. Para ello tejía y tejía su tela durante todo el invierno.

Cuando llegó la primavera y salió el sol, la araña tenía la casita terminada y decidió darse un paseo.

Tuvo la mala suerte de que en ese momento cayó un chapetón y la lluvia mojó a nuestra amiga la araña.

Como en primavera el tiempo está un poco loco, las nubes de lluvia se alejaron y pronto volvió a salir el sol, secando a nuestra amiga la araña y los charcos del suelo.

Y así, la arañita siguió su paseo totalmente seca y tomando el sol de primavera que ya estaba haciendo salir las primeras flores.

      Yo tengo una amiga que se llama María. María es una niña muy guapa que vive cerca de mi casa.

Ella va al colegio todos los días acompañada de su mamá, y siempre va muy contenta y sonriente (hacer el sonido de la risa).

Pero una mañana, María no estaba contenta. Ella no podía ir al colegio y

lloraba (hacer el sonido del llanto).

¿Sabes por qué no podía ir María al colegio? Porque se puso malita. Le dolía la garganta y tenía tos (hacer el sonido de la tos).

Su mamá le dijo:

- No llores María, no te preocupes. Te voy a dar un jarabe y ya verás cómo mañana estarás mejor.

A la mañana siguiente, María ya se encontraba bien. Ya no tenía dolor de garganta ni tampoco tenía tos.

Su mamá le dijo:

- María, ya estás bien, hoy si puedes ir al cole.
María, cogió su mochila, y se fue al colegio muy contenta y sonriente acompañada de su mamá.

      La semana que viene haremos la fiesta de los animales-anunció la maestra-. Cada uno vendrá disfrazado del animal que más le guste. 

- Yo vendré de jirafa – dijo Daniel-, para ser el más alto de toda la clase.

A Sonia, sin embargo le gustaba más ser una elefanta de enormes orejas y larga trompa. Nacho y Lucas preferían disfrazarse de monos y dar saltos todo el rato.

- Pues yo seré una osa panda- dijo Nuria bajito, agarrada a las piernas de Lola.
¿Y de qué me voy a disfrazar yo ¿- Se preguntó Chucu. Por supuesto, él no pensaba perderse la fiesta.

Por las tardes, mientras los niños estaban en sus casas, el colegito se dedicó a mirar los libros del rincón de los cuentos para buscar un animal que le gustase. “De león, no, que ruge mucho, gruaaauuuuu”, se decía. “De hipopótamo, tampoco, que soy demasiado pequeño”. “¿Y de caracol? No, no, que soy demasiado grande”.

Después de buscar, buscar y buscar, Chucu encontró por fin un animal que le encantó. Se trataba de Marcial, un murciélago muuuuuy simpático.

Duerme Marcial bocabajo, colgadito de los pies,

Pues no le cuesta trabajo soñar sueños al revés.

Chucu se aprendió esta canción del libro y la cantaba a todas horas.

Con la ayuda de papá y mamá colegitos, los abuelos, los tíos, los primos y toooda la familia, Chucu preparó un disfraz de murciélago muy chulo. El colegito fue corriendo a probárselo.

- Vaya, es genial- rió abriendo y cerrando sus enormes alas.

Pero a su coleguáu aquella especie de ratón con alas no le gustaba mucho.

- Guau, guau, guau- ladraba sin parar moviendo su rabo.

Y llegó el día de la fiesta. La seño venía disfrazada de rana y estaba guapísima. Daniel miraba todo desde un agujero hecho en el cuello de su disfraz de jirafa. Sonia no paraba de mover su trompa arriba y abajo. Nacho y Lucas daban saltos y chillidos de aquí para allá. Nuria, vestida de osa panda, achuchaba a su pandita de peluche.

A Chucu, que estaba escondido en la casa de muñecas, le daba vergüenza salir, hasta que su prima le dio un buen empujón y el colegito empezó a dar volteretas por el aire.

- ¡Aaaayyyy!-Chillaron los niños al verlo-. Se ha colado un murciélago en clase.

- No os preocupéis- los tranquilizó Lola-. Voy a abrir la ventana para que se vaya.

- Que soy yo- Les decía Chucu. Pero con tanto grito, nadie lo oía.

El colegito se puso nervioso, salió huyendo por la ventana y se escondió en una papelera del patio.

Ya llevaba mucho rato, cuando oyó el llanto de una niña. ¡Era Nuria que, sentada en un banco, lloraba sin parar! El colegito salió dando volteretas de la papelera y se le acercó despacito a su oreja.

- No te asustes, Nuria soy yo, Chucu. ¿Por qué lloras?.

- Es que esos niños grandes- dijo Nuria señalando a una pandilla de niños de cinco años- me han quitado a chelín, mi osito panda de peluche.

Chucu no se lo pensó dos veces. Fue dando volteretas por el aire hasta ellos. Los niños a ver el murciélago se asustaron tanto que soltaron el peluche y se quedaron boquiabiertos.

Cuando Chucu le devolvió su osito a Nuria, la niña le dio un beso y un abrazo.

- Qué guapo eres- le dijo. Chucu se puso colorado como una amapola y una estrella naranja empezó a brillarle en medio del pecho. En la fiesta, los niños bailaron y rieron. Y sus risas llenaron a los colegitos de energía.

      El cocodrilo Camilo nació en el Nilo. El Nilo es un río muy largo, muy largo, muy laaaaaargo, que hay en un país que se llama Egipto. Ese país está lleno de pirámides, de momias, de camellos y de arena. Y también hay cocodrilos, claro. Camilo nació de un huevo porque no sólo los pollitos y los pájaros nacen de huevos, también las serpientes, los cocodrilos y las tortugas nacen de huevos. ¡Ah, y por supuesto los peces! Su madre se llamaba Camila y su padre Florencio. Le pusieron Camilo por su madre y porque rimaba con el Nilo. Camilo iba a la escuela de los cocodrilos desde muy pequeño. La escuela de los cocodrilos es muy diferente a la tuya, está al aire libre y a la orilla de un río. No tiene mesas, ni sillas, ni pizarra, ni puertas, ni ventanas y los cocodrilos no aprenden a leer y a escribir. No, los cocodrilos son animales de sangre fría y necesitan calentarse para poder funcionar, es como si estuvieran cargando las pilas. También aprenden a nadar y a dar vueltas sobre sí mismos. ¡Ah! y lo que es más importante para ellos, aprenden a camuflarse, a disfrazarse de troncos o de piedras para que no los vean y poder así pescar.
Y allí estaba Camilo, rebozado de barro como una croqueta, friéndose al sol y perfectamente camuflado de tronco, cuando unas manos lo agarraron por aquí, por el pescuezo para que no se pudiera revolver y morder a quienes estaban atrapándolo. Lo metieron en un saco oscuro. A los pocos días lo colocaron en un cajón de madera, con otros cocodrilos pequeños, y lo cargaron en un barco, donde apenas les daban de comer y sólo, de vez en cuando, los remojaban un poco. Cuando llegaron a puerto, estaban desfallecidos y muy fatigados.

A Camilo lo descargaron por la noche, sin que nadie lo viera. Allí, unos hombres se lo llevaron en una camioneta y, por fin, después de unas horas, lo metieron en un pequeño estanque que había en un chalet. Debéis saber que todo esto está prohibido, y las multas son muy gordas, pero aún así hay gente que lo hace.

Camilo empezó a recuperarse y a comer. Al principio iban muchas personas a verlo, y todos decían: “¡Uy qué mono!”. Camilo, que era un cocodrilo, no entendía porqué decían que era un mono. Estaba claro que tenía dientes de cocodrilo, piel de cocodrilo y cola de cocodrilo, así que empezó a pensar que aquella gente era un poco rara.

Su charca no era muy grande, pero podía tomar el sol y nadar. Así que hizo lo que hacen todos los animales cuando son pequeños y los que hacéis vosotros también: comer y crecer. Y claro, un cocodrilo no es un juguete, así que crecieron sus dientes y llegó un momento en que se convirtió en un peligro y nadie quería pasar por su lado ni acercarse al estanque.

Al final, la familia que lo había comprado, como pudo, lo metió en una jaula y, como eran unos irresponsables, lo llevaron a un pantano por la noche, lo soltaron allí y se marcharon después.

En el pantano, Camilo estaba muy asustado, y un animal asustado puede volverse muy peligroso. Le asustaban los ruidos extraños que se oían en el agua; ruidos que producían las pequeñas barcas a motor que paseaban por el pantano y también aquellos palos que se metían desde la superficie y se movían de un lado a otro. ¿Sabéis lo que eran? ¡Eran remos!

Un domingo por la mañana, mientras nadaba casi por la superficie, vio un palo de muchos colores que se movía y, para jugar con él, lo agarró con sus dientes. Cuando la familia que había alquilado la barca para dar un paseo por el pantano sacó el remo y vio que había un cocodrilo que tenía agarrado un extremo del remo por los dientes, se dio un susto morrocotudo. Los gritos de los niños fueron terribles, el padre estuvo a punto de soltar el remo, pero la madre, que era veterinaria, dijo que no podían dejar aquel animal allí, que era un peligro. Así que, con mucho miedo, se acercaron hasta la orilla tirando del remo que el pequeño cocodrilo había mordido y no soltaba. Lo sacaron a tierra donde, ayudados por otras personas, con unas lonas y redes pudieron calmarlo. Camilo tenía tanto miedo que no paraba de dar dentelladas por aquí y por allá, pero afortunadamente, no mordió a nadie. Llamaron a la guardia forestal, que se lo llevó en un transporte especial.

Lo trasladaron a un centro de recuperación de animales salvajes y lo pusieron en una especie de bañera. La verdad es que lo trataban con cuidado y nadie decía lo mono que era, pero a él no le gustaba estar allí, así que no hacía más que llorar. Y aquí entra en acción nuestra mascota, porque Pete se enteró de toda esta historia por la televisión y sintió mucha pena. Así que se montó en su cohetito y allá que se presentó. Llegó por la noche, cuando todos estaban dormidos y le dijo a Camilo que sabía toda su historia y que si quería volver con él al Nilo. Camilo se puso tan contento que de dos coletazos sacó casi toda el agua de la bañera. No sabemos cómo consiguió meterse en el cohetillo de Pete, seguramente con la magia “¡papapapú, papapapá!” que Pi y Pa habían enseñado al conejo. Pero el caso es que Pete devolvió a Camilo al río Nilo, y sus padres y sus maestros se alegraron tanto que hicieron una fiesta cocodrilesca que duró tres días. ¿Qué cómo son estas fiestas? Bueno, esto te lo contaré otro día.


      Había una vez una ratita que cada día barría la escalera de su casa. Una mañana muy temprano, mientras barría la escalera, se encontró una moneda. La ratita se puso muy contenta y, muy ilusionada, empezó a pensar que podría comprar con ella

- ¿ Qué me puedo comprar? ¡Muchos dulces! No, no, que si como muchos dulces, se me estropearán los dientes…¡ Ah ya sé! Me compraré un lazo para mi cola.

Y dicho y hecho, la ratita presumida se fue caminando hacia la tienda.

- Buenos días, señora vendedora- dijo la ratita.

- Buenos días - respondió la señora-. ¿Qué desea?

- Quiero comprar un lazo para mi cola.

- Muy bien. ¿Y de qué color lo quiere?

La ratita lo pensó un momento y después dijo:

- Pues de color…de color…¡rojo!

La vendedora cortó un trozo de una bonita cinta para que la ratita presumida pudiera hacerse un gran lazo de color rojo. La ratita sacó su moneda y le pagó con ella.

Cuando llegó a su casa, corrió a mirarse al espejo y se probó el lazo. ¡Qué guapa estaba! La ratita era tan presumida que decidió salir al balcón para lucir su lazo nuevo.

Cuando llevaba un rato en el balcón, se acercó un gallo y le dijo:

- Ratita, ratita, tú que eres tan bonita, ¿quieres casarte conmigo?

- No sé, no sé…¿A ver qué voz tienes?

- ¡Quiquiriquí! ¡Quiquiriquí!

- ¡Ay, no, no! ¡Tu voz es muy chillona!

Y el gallo se marchó muy triste. Al cabo de un rato, se acercó un perro y le dijo:

- Ratita, ratita, tú que eres tan bonita, ¿quieres casarte conmigo?

- No sé, no sé …¿A ver qué voz tienes?

- ¡Guau! ¡Guau!

- ¡Ay, no, no! ¡Tu voz es muy fuerte!

Y el perro se marchó muy triste. Más tarde, se acercó un cerdo y le dijo:

- Ratita, ratita, tú que eres tan bonita, ¿quieres casarte conmigo?

- No sé, no sé… ¿A ver qué voz tienes?

- ¡Grrr! ¡Grrr!

- ¡ Ay, no, no! ¡ Tu voz es muy desagradable!

Y el cerdito se marchó muy triste. Por último, se acercó un gato y le dijo:

- Ratita, ratita, tú que eres tan bonita, ¿quieres casarte conmigo?

-No sé, no sé… ¿A ver qué voz tienes? 

- Miau, miau…

- ¡ Ay, sí, sí! ¡Tu voz es muy dulce!

Tanto le gustó la voz del gato a la ratita que se enamoró de él y, al poco tiempo, se casaron. Pero un día, el gato dió un beso a la ratita y tan dulce la encontró, que de un solo bocado se la comió.

Y colorín, colorado, este cuento se ha terminado,¿os ha gustado?

      En un bosque remoto, al pie de una montaña, vivía una pequeña ardilla. Allí había árboles de todas clases: pinos, abetos, cedros, sauces. Algunos eran muy altos, con muchas hojas y ramas; otros eran bajos y parecían desnudos.

En el bosque, también vivían muchos animales: pájaros, liebres, ciervos. Había, además, muchas ardillas. A pesar de ello, la ardillita se sentía muy triste porque se pasaba el día sola. Como era muy pequeña y no sabía trepar a los árboles, no tenía ninguna amiga.

Un día, estaba comiendo sola una bellota, cuando apareció otra ardilla un poco más grande.

Como ésta tenía mucha hambre, la pequeña ardilla le ofreció compartir su comida.

Desde ese momento, las dos ardillas fueron inseparables. La más pequeña aprendió a trepar a los árboles y a jugar como sus otras compañeras. Nunca más se sentiría sola